¿Quién no ha probado
un plato en el que todo parece exquisito, pero…… falta sal?
La sal es un elemento
muy común y barato. Su uso, sin embargo, es fundamental en nuestra vida.
Nuestro organismo necesita sal en proporciones adecuadas. En la cocina, la sal
es indispensable, y lo era mucho más en la antigüedad cuando no existía los
sistemas de refrigeración con lo que hoy contamos. Era usada como un eficaz
medio de conservación de alimentos. Si por medio de algún mecanismo lográsemos
“quitarle” a la sal su capacidad de salar la comida o de detener el proceso de
corrupción de la carne, ese elemento, en lo que a nosotros respecta y al uso
que le damos, dejaría de ser sal. Esto nos permite reflexionar en torno a las palabras
de Jesús cuando dijo:
“Ustedes son la sal de la tierra,
pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo podría volver a ser salada? Ya no sirve
para nada sino para ser tirada y pisada por la gente”
Mateo 5: 13 PDT
¿Qué significa que los discípulos de Jesús seamos sal de
la tierra? Porque estamos llamados a tener un impacto en la realidad en la que
vivimos. Cuando uno echa sal en un guiso espera que al probarlo el sabor haya
cambiado. Análogamente, los discípulos de Jesús somos enviados al mundo para
que nuestra presencia en medio del mundo no pueda pasar desapercibida pues
somos, por gracia de Dios, portadores de Su Palabra y de su carácter.
La sal detiene la corrupción y hace aptos los alimentos para percibir el buen sabor en los sentidos. Si la sal se vuelve insípida ya no sirve para nada y se le echa fuera. De igual manera si la lámpara se oculta ya no ilumina y pierde su sentido.
Para ser sal y luz del mundo debemos
permanecer en él, recordemos que somos las ramas de la vid verdadera que es
Cristo. Nuestras palabras, gestos, actitudes y comportamiento deben ser
sazonados con sal, testigos de la presencia de Dios en nosotros.
Comentarios
Publicar un comentario