Todos
sabemos que cuando consumimos sal o alguna comida salada, inmediatamente se va a sentir sed porque aumenta su
concentración en la sangre y se envía la señal de sed al cerebro.
Si
tú y yo somos la sal de la tierra, también deberíamos producir sed en las demás
personas para que puedan venir a Cristo con nuestro testimonio de vida. Cuando
las personas vean cómo hacemos frente a las necesidades, a las adversidades con
tranquilidad, paciencia y esperanza, tendrán sed de saber por qué lo hacemos.
Así
como la sal mejora el sabor de los alimentos, el carácter de Cristo en
nosotros, las palabras sazonadas con sal y las acciones pueden dar sabor a
nuestro testimonio y producir en otras personas sed de Dios.
Ser
una fuente de ánimo, una persona que edifica; produce sed de Dios. Ser una
persona agradecida produce sed de Dios.
Convertirse
en la sal de la tierra no es cuestión de ser buenos, es la obra del Espíritu
Santo cuando estamos pegados a la vid verdadera quien produce frutos para que
nuestra vida tenga el sabor de Cristo. Meditemos en Su Palabra para que
crezcamos en sabiduría, propaguemos su sabor y produzcamos en los demás sed de
Dios.
REFLEXIÓN:
¿Hemos
logrado despertar en alguien sed de Dios?
OREMOS:
Señor,
ayúdame a ser instrumento tuyo como sal de la tierra. En el nombre de Jesús te
lo pido. Amén.
DIOS TE BENDICE
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