Jesucristo nos deja
claro que lo primero que debemos hacer es despertar en nuestro corazón un
profundo deseo de adorar, glorificar y santificar el nombre de Dios antes de
llegar con nuestras peticiones y ruegos. Exaltar a quien ahora podemos llamar
“Padre”.
Jesucristo demandó
que el nombre de Dios fuese santificado. “Padre
nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (Mat.6:9).
Dios está separado
del pecado y de los pecadores. Él está por encima de toda corrupción, Él es
puro y no soporta ver la maldad. Él es Santo.
(Hab.1:12,13) Él está en una esfera diferente, en un nivel diferente. Su
nombre es tan honrado, que hay ángeles en los cielos con una naturaleza
extraordinaria repitiendo continuamente día y noche: “Santo,
santo, santo es el Señor Dios, el Todopoderoso, el que siempre fue, que es, y
que aún está por venir”. (Ap.4:8) Él es llamado Jehová-Elyom, El Altísimo;
Jehová-Mkaddes, El Señor, nuestro Santificador; el Shaddai, el Todopoderoso;
Adonai, Señor.
Jesús ha llamado a
ese Dios “Padre nuestro”. Ahora Él es el Dios encarnado que murió por nuestros
pecados. (Jn.1:1).
Oro,
para que el Espíritu de Gracia y oración que el Señor ha derramado en nuestros
corazones produzca en nosotros una inclinación a orar y adorar. En el nombre de
Jesús. Amén.
DIOS
TE BENDICE.
FUENTES: El poder de la oración (John Macarthur)
Santificado sea tu nombre (entre cristianos).
Citas bíblicas tomadas de la Versión Reina Valera y Nueva Traducción
Viviente.
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